Los hijos, como los buques Dicen que los hijos crecen demasiado deprisa. Un día los llevamos de la mano para cruzar la calle y, casi sin darnos cuenta, son ellos quienes cruzan el mundo. Nadie nos enseña a vivir ese momento. Nos preparan para cambiar pañales, para las noches sin dormir, para curar heridas, acompañar sus primeros pasos y aliviar los temores de la infancia. Pero nadie nos prepara para el día en que debemos abrir las manos y dejarlos partir. Los hijos llegan a nuestra vida como un regalo, como una pequeña semilla que cuidamos con todo el amor que somos capaces de entregar. Los protegemos del frío, del dolor y de las tormentas. Crecen bajo nuestra mirada, y un día descubrimos que aquello que creíamos tan cercano tiene alas propias. Entonces aparece el miedo. Nos preguntamos: ¿y si se equivocan?, ¿y si sufren?, ¿y si me necesitan y ya no estoy cerca?, ¿y si al partir se olvidan de mí? Son preguntas naturales. Nacen del amor. Pero también es cierto que el amor verdader...
Tu puedes sanarte solo